El hombre penitente

Huautla de Jimenez, a 28 de junio de 2017

Llegué a esa pequeña fonda unos minutos antes de lo acordado con mi contacto, mientras tomaba un café de olla se acercó a mí un señor cuya edad me fue imposible calcular. Su piel estaba curtida por el sol y sus barbas y cabellos largos y entrecanos ocultaban gran parte de su rostro, su complexión era delgada pero fuerte e iba vestido con ropa de manta.

– Buenos días, Señor Cuevas. – Dijo con una sonrisa que dejaba ver parte de sus dientes color marfil.

– Buenos días, Señor… – Hice una pausa esperando que mi interlocutor dijera su nombre.

– Bryan – Dijo – Simplemente Bryan.

– Me han contado que su vida dio un giro muy radical.

– No, mi señor, mi vida no dio ningún giro, el giro lo di yo. – Me miró a los ojos con esos ojos azules que me golpearon como un mazo. – Nuestro amigo en común me pidió que le contara mi historia, así que aquí estoy. ¿Me invita un café? – Su mirada era honesta y tranquila, pero tenia mucha fuerza.

Luego de tomar un par de sorbos de su tasa Bryan comenzó con su historia.

– Algún día fui famoso,  llegué a tener lo que cualquiera podría desear, dinero, coches, mujeres… – hizo una pausa y respiró hondo mientras miraba por la ventana al tiempo que pasaban un par de señoritas por la acera de enfrente. – La gente es tan estúpida que termina tratando a cualquier imbécil como un dios, aunque nos decimos monoteístas tenemos muchos ídolos. Me idolatraban, Señor Cuevas, podía tener lo que quisiera de todo el mundo a mi alrededor, no se imagina usted hasta donde puede llegar un fanático con tal de agradar a un ídolo.

De pronto mi interlocutor hizo una pausa en su relato para forjar un cigarrillo con una hierba que sacó de su morral, ante mi mirada de sorpresa él rió. – Sí, – dijo – es lo que piensa, es mi propia mezcla, tres partes de tabaco por una de mota, es una buena proporción. ¿Gusta?

Luego de inhalar la extraña mezcla de Bryan y notar que a nadie parecía molestar el humo, mi nuevo amigo continuó con su historia. – Cualquiera que no lo haya vivido pensaría que ser famoso y tenerlo todo es lo mejor que le podría pasar. Al principio así es, uno piensa que jamás se aburrirá de las fiestas, las orgías y de poder cumplir toda clase de caprichos, pero pasa, luego uno continúa más por costumbre o por encajar que por gusto, y el vacío que se produce tras cada acto no puede ser llenado, el climax ya no llega y uno debe alcanzarlo de otra manera, hasta que las drogas dejan de bastar. – Tras una nube de humo que exhaló me miró y sonrió. – No es una ironía, Maese, la marihuana la descubrí gracias a un chaman hace poco, en cierta forma me ayuda a ver dentro de mí, me acerca a Dios en cierto modo. Continuando con lo que vino a escuchar, mi vida se había convertido en un vacío que intentaba llenar con toda clase de excesos, mis “amigas” se revolcaban entre ellas y alrededor mío con tal de obtener mucho whisky y cocaína y eso estaba bien para mí porque me hacía olvidar como era mi vida cuando era un don nadie, un perdedor. En las mañanas alguien que trabajaba para mi manager me despertaba por la mañana y me vestía, me maquillaba y me llevaba a que todos me amaran, ya fuera en la TV o en la radio. – Mirando fijamente la braza en la punta de su cigarrillo meneó la cabeza con tristeza. – Cuando mi madre murió no fue noticia, pero cuando me vieron salir de la mano de una modelo que ni siquiera me caía bien los medios hicieron un alboroto, según mi manager una relación con ella subiría mi rating.

– No pienso darle más detalles sobre lo viciada y vacía que era mi vida, de manera increíble nunca me vi envuelto e un escándalo, – continuó – al menos no escalé en adicciones como Griselle.

– Conoció a Griselle? ¿ Esa Griselle? – Interrumpí sorprendido.

– Cuando no estaba drogada se podía hablar un poco con ella, desgraciadamente los que tienen un corazón tibio suelen terminar peor. Como le decía, un día desperté muy cansado, ya no recordaba con claridad yo era un cantante que actuaba o un actor que cantaba, al parecer hubo un error en mi programación y decidí huir, descubriendo que era algo imposible, si pasaba por una garita las cámaras identificaban mi rostro, si utilizaba cualquiera de mis tarjetas bancarias inmediatamente se conocía mi ubicación e iba alguien a buscarme.

-¿Paparrazi?

– Eso, mi amigo, era el menor de mis problemas. Los agentes, siempre había alguno tratando de atraparme. – Ante mi rostro confundido Bryan me miró con cierto grado de condescendencia. – ¿No creerá Ud que uno llega a ser estrella del pop gracias a su talento? Existe mucha maldad en el mundo, no, no, no, amigo mío, quisiera recuperar esa inocencia suya pero ya no puedo. ¿Acaso no nota que todas las estrellas del pop terminan cantando en ropa interior? – Tras el azul cielo de sus ojos se asomaba el color de la ira. – Escapar del mundo ha sido la cosa más difícil que he hecho, me dolió el cuerpo al dejar la cocaína, fue duro dejar el alcohol, fue aun más difícil adoptar una vida célibe, pero todo eso estaba en mí; en cambio escapar del sistema es increíblemente difícil. Cada compra que uno hace con su tarjeta bancaria deja constancia de donde se estuvo y a qué horas, inclusive delata cuales son las intenciones según las compras que se realizan. Hay cámaras en cada esquina y los teléfonos móviles son fácilmente utilizables como dispositivos para espiar a la gente.

Bryan pidió una segunda taza de café y me miró con determinación. – Señor Cuevas, usted es parte de un sistema muy complejo del que yo le aseguro que no conoce absolutamente nada. Somos esclavos todos, prestando servicios diferentes, algunos siendo un engrane insignificante de la gran maquinaria, otros hacemos o hicimos la parte del adoctrinamiento, pero al final todos somos esclavos.

– ¿Sigue siendo un esclavo?

– Me temo que fui un iluso al pensar que todo aquello me haría feliz, pero es lo que enseñan los medios, posesiones materiales y sexo como indicadores de la felicidad. Estuve alineado en las filas de esa gente maldita, ahora si vuelvo me matarán y dirán que se me pasó la mano con las píldoras para la depresión, como ocurre con las estrellas que adoptan un poco de conciencia cuando su programación falla. No, Maese Cuevas, ahora soy libre, pero esta libertad me costó hasta mi propio nombre. Ante usted está todo lo que soy y todo lo que poseo, ahora gracias a mi necia necesidad por contar mi historia tendré que desaparecer nuevamente, amaba este lugar, pero nada dura para siempre.

De pronto Bryan se levantó, se cubrió la cabeza con su sombrero de paja y se marchó.

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