Un viejo solitario

Santa María de Asunción, a 29 de junio de 2017

Sin duda alguna Angulano Fernandez era un viejo peculiar, aunque quizá más común de lo que se podría suponer en primera instancia. Vivía en una choza de madera y paja, rodeado por gallinas y cochinitos, como les llamaba él. Debido a que después de hablar con “Bryan” me agarró una lluvia intensa que me desanimó a manejar por carretera y por obra de la casualidad tuve la suerte de conocerlo. Si él hubiera sido una persona acomodada o pudiente seguramente hubiera tenido que dormir en el auto, mas este viejo simpático me abrió la puerta de su hogar sin ningún titubeo.

Me encontraba caminando por un mercado, curioseando entre los puestos cuando la providencia me hizo mirar el momento justo en el que un anciano tropezaba y las cosas que había comprado rodaban por el piso, tan presto como puede ser un viejo como yo le ayudé a recoger sus cosas y una cosa llevó a la otra, por un lado un viejo solitario con ganas de hablar con alguien y por otro lado otro viejo con ganas de escuchar. Platicamos unos minutos mientras el viejo se sobaba las rodillas y luego de darme cuenta de que el pobre tendría que andar en bicicleta hasta las afueras del pueblo me ofrecí a llevarlo, luego él, al ver mi situación me ofreció quedarme en su casa por una noche.  Luego de subir su vieja bicicleta a la cajuela de mi auto rentado y su bolsa de mandado al asiento de atrás nos dirigimos hacia su pequeña parcela, donde el anciano tenía unos pocos puercos, gallinas y un pequeño campo sembrado con frijol. Al llegar a su casa se acercaba la hora de cenar y sin preguntar Don Angulano se puso a cocinar unos frijoles con manteca que por mucho fueron los más ricos que había probado en muchos años.

Es atípico que un par de viejos estén dispuestos a desvelarse pero las condiciones eran propicias, como comenté antes, un anciano quería hablar mientras que otro quería escuchar. Platicando sobre nuestras familias y como era que el destino nos había llevado a ese punto de intersección Angulano me platicó con unas pocas lágrimas en sus ojos como su amaba esposa había muerto de un dolor hacía ya cuarenta años, luego sobre como su única hija, a la que hacía mucho que no veía, se había casado con un catrín que se la había llevado lejos.

– El dinero cambia muy feo a la gente. – Decía – de a poco se les olvida que todo viene y va de la tierra, la última vez que vi a mis nietas se quedaron viendo mis manos y mis pies llenos de tierra y mis uñas gruesas y amarillas por trabajar tanto con las manos y no pudieron esconder su asco. De lo poco que sacaba con mis tierras, antes tenía más, mija comía y hasta iba a la escuela, pero por querer darle todo a lo mejor no la dejé ver el valor del sudor, de la labranza.

Me quedé meditando un poco sin saber qué decir, lo único que atiné a preguntar fue cuanto hacía que no veía a su hija y nietas.

– Como diez años. – Dijo. – Ahora mis nietas deben ser todas una señoritas, la última vez una tenía nueve y la otra siete, ya no supe nada de ellas. Mija rara vez venía y nunca venía con su esposo, creo que le daba vergüenza, a mis nietas las vi solo dos veces.

– Vivimos en un mundo muy ingrato.

– La gente no sabe de donde vienen las cosas, ahí andan las mamás quitándole la tierra a los chilpayates como si fuera cosa del diablo, les enseñan que la tierra es mala, luego lo ven a uno oliendo al sudor de la jornada y lo traen de viejo apestoso, como si esos mocosos con las manitas suavecitas oliendo a perfume que andan por ahí hicieran algo bueno. A la edad de muchos de esos señoritos que nunca han agarrado un pico ni un azadón uno ya andaba trabajando la tierra y buscando una muchacha para hacer nupcias.

– Cierto es, mi señor. – Acordé. – Ahora somos una sociedad de plástico, le tenemos miedo a la tierra. Muy a la gringa, las frutas y las verduras vienen bien cortaditas y enceradas en bolsas de plástico.

– Y las venden como su fueran de petroleo, si viera a como se las compran a la gente de acá, por eso ya muchos dejan el campo, porque no salen de pobres, otros buscan sembrar otra cosa y terminan vendiéndole el alma al diablo

– ¿Cómo?

– Pues así, por acá hay mucho delincuente, y muchos, sobre todo los más jóvenes se van bien prontos cuando les enseñan el billete. No saben lo que es importante, pero hoy por dinero muchos venden hasta a su madre. No saben distinguir entre el gusto y la necesidad.

– ¿Como está eso?

El viejo soltó una risilla. – Ya sabe, una cosa es lo que el cuerpo necesita y otra cosa es lo demás, mi vida es triste, quizá, a mija le dio vergüenza porque cree que soy pobre y lástima que no le enseñé mejor. Pero ahora que soy viejo tengo todo lo que necesito, mis cochititos y mis gallinas me dan unos pesitos, a igual que el frijol, cuando no hay siembra o cosecha  tengo más tiempo y vendo mis juguetes en Huautla. – Miré hacia un estante y vi la herramienta y los productos de Don Angulano, trompos, baleros y otros cuyo nombre desconozco. – Así es que mientras la huesuda viene por mí tengo bien para vivir. – El viejo de ojos grises se quedó serio un momento y continuó en un tono menos alegre. – Extraño a mija, la única familia que me queda, no sé nada de mis nietecitas, pero, aunque a veces me siento muy solo, tengo a Dios a mi lado, al menos mi vida entera la he vivido bien, siempre siendo honrado y trabajando bien, sé que algún día veré a mi Marina, que está en el cielo ya sin ningún dolor. Mientras yo tengo que hacer lo que me toca, que por eso Dios no me ha llevado.

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Esa tarde un señor que no tenía prácticamente nada me abrió las puertas de su casa, tomamos café y platicamos por buen rato. Es interesante, si uno lo permite, como la vida de pronto lo lleva a conocer a personas que le pueden enseñar otras formas de vivir, quien menos tiene en lo material puede llegar a ser rico en otras cosas, ya quisiera tener yo las fuerzas que tiene ese señor, que en su bici va hasta el pueblo a llevar sus producto y conseguir lo esencial para vivir, que sabe muy bien distinguir entre la verdadera necesidad y los lujos a los que nosotros confundimos con necesidades. Al día siguiente, el buen viejo que vivía en lo que nosotros llamamos miseria, me levantó con unos huevos y un café y a mi despedida me regaló un trompo hecho pos su propia mano.

 

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