El palacio flotante

Lo recuerdo como si hubiera sido ayer, la obra del doctor, ese palacio de metal y de cristal, la mansión de un excéntrico. Recuerdo el horror que sentí cuando aquella cosa pasó flotando sobre mi casa, haciendo ese sonido vibrante, como el viento que pasa muy fuerte a través de una rejilla metálica.

– Antonio Velazquez, 54 años.

El Doctor era un tipo extraño, vivía sólo en un cuartucho, a veces se le veía caminando por la calle cuando salía a comprar víveres. Siempre compraba poco y parecía que siempre llevaba la misma ropa, unos zapatos de suela de baqueta viejos pero bien boleados, pantalones cafés y un saco de lana café grisáceo sobre una camisa color beige. Aunque parecía que no se bañaba siempre olía a una mezcla de menta con alguna fragancia tipo madera. El Doctor parecía no tener ni un amigo y jamás se le miró cogiendo un smartphone o computadora alguna. ¿Doctor en qué? Algunos se lo preguntaban, nadie lo sabía en realidad, ni siquiera su nombre, tampoco había la certeza de que realmente fuera un Doctor.

Un día el extraño doctor comenzó a trabajar en algo, “un proyecto”, llegó a decir a quien se atrevió a preguntar. Adquirió un terreno de una hectárea aproximadamente y comenzó a construir una gran mansión de acero y cristal, así decía la gente, parecía un gran invernadero al estilo art deco, según los que dicen saber de arquitectura, sin ángulos, sin ninguna punta que generara tensión. Las diferentes partes de su extraño palacio llegaban desde lugares distintos cada vez, nunca dos veces del mismo proveedor; así como la mano de obra, que siempre era distinta. Aunque la gran casa que ocupaba el área de un campo de fútbol y era tan alta como una catedral parecía ser más cristal que acero nunca nadie la pudo describir por dentro.

Después de unos años, unos dicen que cinco, otros que tres, otros aseguran que eso jamás pasó. Pero, los que dicen que sí, cuentan que escucharon un gran estruendo, primero como el de varias explosiones, luego un temblor de tierra, como si mil caballos corrieran por las calles, como si mil locomotoras pasaran a toda marcha entre el caserío. Los que afirman que en verdad ocurrió dicen que fue en la madrugada, que el ruido los sacó de sus camas y que al asomarse vieron con asombro un palacio volador iluminado en su interior; volaba o, mejor dicho, flotaba por encima de las casas a escasos diez o veinte metros de las azoteas, haciéndolas estremecer hasta los cimientos.

En cuanto el palacio flotante se alejó de la ciudad los aviones de combate fueron a por él. Las explosiones de sus misiles al estallar contra el palacio se escuchaban a lo lejos, mientras el palacio seguía ganando altura, soportando indemne todos los embates de las armas de los militares. A la mañana siguiente la prensa emitió un boletín especial y lo publicó en todos los medios, tanto impresos como electrónicos.

La carta de despedida de El Doctor

A la hora en que lean esto habrán sido testigos de un evento sin precedentes, un acontecimiento que los abrá dejado atónitos, horrorizados, o asombrados. Esta madrugada les he dejado, sé que muchos habrán notado mi partida, que no habrá sido para nada sutil. Habrán vislumbrado la fabulosa tecnología que poseo, producto de la ciencia que he cultivado en mi mente y que he convertido en algo real. Una tecnología que ningún otro hombre merece poseer, porque somos asesinos y tiranos por naturaleza.

Por fin he logrado el sueño de ir a donde me plazca y en los términos que me sean convenientes porque las leyes ya no están para proteger a los hombres sino para proteger a las clases dominantes. Porque a libertad y la justicia existen, viven y mueren sólo en los libros. Porque este mundo, que debería pertenecer a todos por igual, está repartido de forma injusta entre quienes abusaron de la bondad de los demás.

Adiós entonces, antiguos vecinos, ya no nos veremos nunca más.

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